Mauricio Paz Viola tenía siete años cuando una imagen le provocó algo que no supo explicar.

Era un niño en Carmelo y todavía faltaban décadas para que su vida lo llevara a vivir en China. Sin embargo, aquella pintura quedó grabada en algún lugar de su memoria. Años después descubriría que pertenecía al artista chileno Roberto Matta, una de las figuras más importantes del surrealismo latinoamericano. Para entonces, sin saberlo, ya había comenzado una búsqueda que sigue acompañándolo hasta hoy.

"Sentí como si estuviera experimentando la pintura en mi cuerpo en lugar de verla con mis ojos. Fue como si algo hubiera explotado desde dentro", recordó. "Me dije a mí mismo que de eso se trata el verdadero arte: capturar la luz, recibirla y plasmarla a través del lenguaje visual", apuntó.

Hoy, Paz Viola vive y trabaja en Pekín, donde se abrió camino dentro de una de las escenas artísticas más dinámicas de Asia. Sus obras fueron exhibidas en galerías, centros culturales e incluso en espacios tan poco convencionales como las pantallas del metro de la capital china. Pero detrás de ese recorrido internacional hay una historia mucho más personal.

La pintura apareció temprano en su vida. De niño pasaba horas observando imágenes en libros de historia, biología y arte. A los 14 años llegó al primer taller de óleo y quedó fascinado por todo lo que rodeaba a la creación artística.

"Los pinceles, los colores, el ambiente y sobre todo el olor a pintura al óleo. Lo veía mágico, alquímico, misterioso", contó.

Con el tiempo desarrolló un lenguaje propio. Aunque durante años tituló sus obras, hoy prefiere que la mayoría permanezcan sin nombre. La decisión no es casual.

"Considero que darle un nombre a una pintura abstracta es condenarla a una interpretación subjetiva del artista. Prefiero ampliar la interpretación de los espectadores sin llevarlos hacia un lugar determinado", explicó.

En sus trabajos aparecen formas abstractas, capas de color y composiciones que remiten a paisajes interiores. Pero también hay huellas de su infancia en Carmelo. Las repeticiones de líneas, las superposiciones y ciertas estructuras visuales nacen, según él mismo reconoce, de los paisajes cotidianos que observó durante años: la rambla, los pabellones, las calles adoquinadas y el histórico puente giratorio de la ciudad.

A eso se suma la influencia de la cultura popular uruguaya.

"Las murgas, el candombe, los mascaritos, los tablados, las luces y los colores son parte de mi memoria. El color es algo muy importante y recurrente en mi obra y creo que viene desde ese lugar", afirma.

Su carrera lo llevó primero a Chile, donde continuó formándose y conoció a quien luego sería su esposa, una estudiante china que realizaba un intercambio académico. Después llegaron experiencias en California y Nueva York. Finalmente, hace varios años, se instaló en Pekín